martes, 15 de julio de 2008

Uno para todos...

(Fecha real: 27/mayo/2008)

Tuve la suerte de cruzarme, en un momento de mi vida, con una familia concreta. Grande y singular. Me gustaría hablar de ella porque ellos, como nadie, encarnan el mejor grito que Alejandro Dumas pudo dejar plasmado sobre el papel: “Uno para todos y todos para uno”.

Cuando cada vez cobra más sentido eso de que “La familia Mata” (y con toda la razón), una no puede evitar sorprenderse y esbozar una sonrisa cuando ve lo que yo he visto y piensa: “¡Vaya, incluso a veces da vida!”. Y quien no lo crea, es que no ha conocido a quien yo tuve la suerte de conocer.

Todos los miembros de esta familia eran tan parecidos y a la vez tan diferentes, que cualquiera podría asegurar que procedían de mundos distintos pero que un milagro de la naturaleza les colocó, como piezas de ajedrez, dentro del mismo tablero. No era difícil ver cómo todos se movían por el tablero, compartiendo los problemas “tribales” mientras combatían los “personales” con armas distintas. Mientras unos luchaban con más carácter, otros se defendían con frágiles escudos; mientras unos se embutían en seriedad, otros hacían de la sonrisa un arma de guerra… Sin embargo, todos parecían tener claro ese viejo concepto de tribu.

Si me preguntáis qué tribu era, la cosa es más complicada. Quizá sean Mohaves (y su cultura de desprecio de la ostentación) o quizá Hopis (agricultores laboriosos con una concepción única del mundo). En cualquier caso, eran una auténtica tribu, con tantos colores como algunos de sus miembros eran capaces de plasmar en sus lienzos. Colores que combinaban gracias a la paciencia infinita de sus miembros y a un milimétrico reparto de roles: los responsables, los promotores de rituales festivos, las eternas matriarcas, los cazadores, los sabios reflexivos… hasta los bufones (el más digno de los roles de la tribu). Todos sus miembros, con un cúmulo de públicas imperfecciones, completaban un círculo difícilmente franqueable por quien no estuviera dispuesto a la sinceridad y a la transparencia.

Porque esta tribu, llamémosla de “Hopis”, hacía de la cotidianeidad una forma de vida: sin necesidad de lo políticamente correcto, ni de preavisos, ni de permisos, ni de gracias, ni “porfavores”. Una tribu ampliable y ampliada por quien tuvo la suerte de hacer públicas sus imperfecciones y compartir los “sinfavores”, los “denadas”, los “quetales” y formar parte de sus cada vez más numerosos rituales. Una tribu de la que no hablará la RAE, ni la Wikipedia, ni si quiera los foros deseosos de nuevas tribus que “desmenuzar” y analizar. Pero pese a ello, o quizá por ello, la tribu más especial de la que uno puede formar parte. Y tendrán suerte quienes, como yo, se crucen con ella, aunque sea un ratito.

Esto no es una “oda a la familia” y mucho menos a sus connotaciones culturales, políticas o religiosas. Es más bien un recuerdo a un grupo de personas a las que admiré y que se merecían una mención en este humilde blog. No sé si volveré a cruzarme con ellos, pero en mis retinas siempre estará grabado su implícito “uno para todos y todos para uno”.

2 comentarios:

may dijo...

Muchísimas gracias por el artículo, por recordarnos de esa manera.

Nosotros -todos- pensamos que hemos sido la parte más afortunada en el cruce de caminos y nos emocionamos de veras cuando eventualmente nos volvemos a cruzar contigo, como hoy.

Murphy White dijo...

Muchas gracias a vosotros.