jueves, 16 de abril de 2009

Bares, qué lugares... (II)

Llega el fin de semana y quiero actualizarles la agenda de bares visitables o no visitables. Aquí va una segunda parte de bares de Madrid. Disfruten y elijan bien (aunque ya se sabe que para gustos...).

DE PINTXOS (Castelló, 115).- Lugar de ambiente sofisticado, urbanita y con luces tenues para tomar cañas y acompañarlas de una gran variedad de pinchos. Todo por un precio razonable. No es muy grande, pero si tienes suerte, podrás sentarte en una de las 8 ó 10 mesas que tienen. Puedes tomarte ahí las primeras copas de la noche.
Puntuación: 7

V.O. (Sánchez Pacheco, 64).- Diminuto bar casi camuflado en una calle situada cerca del metro de Cruz del Rayo. Entre semana, dardos. Los fines de semana, música de la buena. Lo mejor: la música y el ambiente rockero. Rock internacional de antes y de ahora. Lo peor: el tamaño. Con unos metros más, harían maravillas!
Puntuación: 7

BOURBON CAFÉ (Carrera de San Jerónimo, 5. Metro Sol).- Un amplísimo espacio en el que picar viendo un espectáculo al principio de la noche o tomar copas sentado o de pie a partir de una hora determinada. Cada semana, la decoración y los camareros se empapan de una temática y resulta divertido meterse en un bar donde cada día te hacen viajar a un sitio distinto. Los camareros, en determinados momentos de la noche, se suben a la barra a bailar una pequeña coreografía. A saber: una camarera clónica de Sandra Bullock que te servirá y charlará contigo con la sonrisa puesta, y dos guapísimos camareros que deben dedicar su tiempo al culto al cuerpo. Lo mejor: el servicio y la decoración. Lo peor: los precios.
Puntuación: 6,5

BLUEFIELDS (Príncipe de Vergara, 128).- Espacioso bar con decoración que parece tratar de simular (sin conseguir) un ambiente “retro”. La música, variada, aunque tiende a comercial. Lo mejor: abren hasta tarde. Lo peor, los precios y a veces el ambiente es... raro.
Puntuación: 4,5

lunes, 13 de abril de 2009

Redescubriendo los cuentos

Aún hay muchos que creen en los cuentos de hadas. Otros prefieren simplemente lanzarse a la búsqueda del “y fueron felices para siempre”. También los hay nostálgicos, que acumulan historias que empiezan por “Erase una vez” y creen en príncipes azules, animales que hablan, personas absolutamete buenas o perversamente malas o incluso confían en que los sueños se conviertan en realidad con el chasquido de dos dedos.
Los demás también vivimos –aunque no nos demos cuenta- rodeados de cuentos. Los que nos cuentan en el día a día. Unos, para que trabajemos más, otros para que estorbemos menos, algunos para conseguir favores... Lamento comunicar que estamos rodeados de cuenta-cuentos rutinarios. Auténticos expertos. Algunos, reconozcámoslo, pueden ser peculiares e incluso divertidos. Hace poco conocí a uno de esos divertidos “cuenta-cuentos”. Era cubano, y comenzó su cuento diciendo algo así como “Corassón, yo llegué aquí hase algo más de un año...”. Ese cuento, como muchos, terminaba diciendo... “yo digo ‘mi amol’ sólo después de darte un beso”. Cuentos, cuentos y más cuentos.
Creemos no ser ingenuos cuando nos cuentan un cuento pero lo somos. Reconozcamos que lo hemos sido desde que creímos que el cuento de Caperucita, el de Blancanieves o el de Cenicienta eran en origen tal cual nos lo contaron. Dicen que el cuento real era más duro o incluso ‘gore’. Así lo recogía hace poco un artículo del diario 20 Minutos del pasado 10 de marzo. Con ayuda del libro “Los dueños de los sueños”, de Jesús Callejo, este artículo reflejaba las muertes macabras, mutilaciones y sangrientos castigos que existían en la primera versión de los cuentos más clásicos. Os cuento algunos ejemplos que publicaban:
  • BLANCANIEVES: La ingenuidad que nos vendieron no ha debido de ser tal, ya que se cuenta que esta dulce joven, una vez casada con su príncipe, decide vengarse de la reina por intentar asesinarla: “Habían puesto ya al fuego unas zapatillas de hierro y estaban incandescentes. Tomándolas con tenazas, la obligaron a ponérselas, y hubo de bailar con ellas hasta que cayó muerta” (Hermanos Grimm).
  • CAPERUCITA ROJA: Aunque a nosotros ha llegado un “lógico” final, como que el cazador mata al lobo, Perrault decía que la protagonista muere porque “el malvado lobo se echó sobre Caperucita Roja y la engulló de un solo bocado”. Según la versión de los hermanos Grimm, “la abuela y Caperucita fríen al lobo en una caldera de aceite”. Según el artículo de 20 Minutos, otras versiones dicen que el lobo obligaba a Caperucita a comer carne y beber sangre de la abuela. Lo más curioso es que en la versión de Perrault, éste incluye una moraleja para las “doncellas, en especial, las señoritas bien hechas, amables y bonitas” sobre los peligros de hablar “con lobos complacientes” que “las siguen hasta las casas y callejuelas”. (Parece que hay moralejas que siguen teniendo vigencia...)
  • CENICIENTA: La versión de los hermanos Grimm poco tiene que ver con los ratoncitos de Disney, la hermanastra no tan mala y la pureza. Al parecer, la madrasta cortó los dedos y los talones de sus hijas para que les encajase el zapato. Pero el príncipe las descubre “al ver correr la sangre”. Al final, las palomas de Cenicienta (esos lindos pajaritos que nosotros veíamos en el film de Disney construyendo un vestido) pican a las hermanastras en los ojos dejándolas “ciegas para toda su vida”. (Por perversas... cieguitas para toda la vida)
  • LA BELLA DURMIENTE: En este cuento de Perrault, el príncipe azul descendía de una familia de Ogros y, su madre, cuando veía a los niños, sentía ganas de devorarlos. “Quiero comerme a mi nuera –decía- en la misma salsa que a sus hijos”. (Vaya, parece que hay que estar seguro de la familia con la que emparenta uno...).
  • PULGARCITO: Según el artículo, Pulgarcito cambió las gorras de sus hermanos por las coronas de las hijas del Ogro, que “se dirigió a la cama de los niños, armado de su cuchillo para degollarlos a todos” y comérselos. Pero “al palpar los gorros, les cortó a todas la cabeza” (a sus hijas).
  • LA SIRENITA: Que muchos se olviden de la dulce Ariel de dibujos animados que bebe una pócima que sólo la convierte en una mudita adorable. En la versión de Andersen, la Sirenita sólo puede convertirse en mujer si bebe una pócima que la hace sentir como si caminara sobre cuchillos todo el tiempo.

lunes, 6 de abril de 2009

La mujer que descubrió el País de Nunca Jamás

La conocí pese a mi negativa a confraternizar por obligación. Siempre he sido del poco a poco pero, por suerte, ella también. En ella, la juventud no era cosa de la edad, sino algo de dentro afuera. Se enfundaba una camiseta rosa de tirantes y acudía a un concierto de rock a emocionarse por los logros de su retoño y al día siguiente, tras dar de comer a sus pajaritos, hacía un suculento guiso en aquella luminosa cocina. Contrastaban su fuerza y mentalidad joven con su serena forma de expresarse y moverse.
Ella hablaba poco, y cuando lo hacía, era para decir lo adecuado. Ni más ni menos. Siempre he recordado sus historias. Esas que comenzaban con el “cuando yo era más joven...”. Creo que alguna vez llegué a imaginar esa casona en la que vivió de joven y de la que cada uno de sus hermanos tenía un recuerdo tan distinto. Hablaba de su pasado y de su presente con contundencia y, sin alardes, era capaz de intervenir con sensatez en cualquier conversación sobre cualquier tema. Podría haber sido escritora, maestra, enfermera o incluso artista, porque cada cosa que caía en sus manos se transformaba en un cuadro, una muñeca de trapo, una figura de papel, un vestido, un mantel... Inundaba la casa con cuadros de colores vivos que mostraban objetos tras un cristal. Siempre tras el cristal.
Pero las cosas tenían que seguir su curso, y a las trabas de la vida, se unían cada vez con más fuerza las trabas de un cuerpo que no estaba dispuesto a ser benévolo con su juventud. Y de pronto, las corrientes le hacían viajar al País de Nunca Jamás. Y, cuando lo visitaba, olvidaba. Olvidó un mes, dos, tres meses... De pronto volvía y hablaba más que nunca... o de pronto callaba. Y se iba y olvidaba. Y volvía y recordaba... o no.
A veces, era imposible saber por sus palabras o por sus gestos si estaba en el País de Nunca Jamás. Un día, opté por buscar las respuestas en sus ojos. Y las encontraba o creía encontrarlas. Él decía que no debía buscar, ni pensar, ni entender, pero yo me resistía, y me preguntaba si el País de Nunca Jamás era un buen sitio en el que perderse, si estaría cómoda, si no era malo tener la mirada perdida mientras llevase la sonrisa puesta.
Un día, de manera repentina y mientras ella estaba en el País de Nunca Jamás, tuve que irme para siempre sin poder llevar conmigo un solo recuerdo suyo, de esos que decía que fabricaba para mí. Aunque éramos poco dadas al abrazo, nunca supo que más de una vez me habría gustado abrazarla. Aun cuando estaba en el país de Nunca Jamás, junto a su nueva chimenea, con su manta naranja y un libro de historia entre las manos.
Me pregunto si habrá combatido contra algún molino de viento en este tiempo. Me pregunto si recordará algunas conversaciones que, antes de su primer viaje, me regaló y que yo guardé en la cajita de los “aprendizajes”. Y, a veces, también me pregunto si habrá vuelto a enfundarse aquella camiseta rosa de tirantes con la que la conocí y con la que la vi por primera vez. Orgullosa y borracha de euforia. Feliz.

lunes, 30 de marzo de 2009

¿Sexto sentido? Ja!

Dicen que existe un sexto sentido. Dicen que las mujeres, todas, lo tenemos. Pero sepan ustedes que eso no es algo genético. El sexto sentido no se trae puesto con la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto (sí, aprobé primero de parvulitos). Parece que el sexto sentido hay que crearlo, provocarlo, trabajarlo, entrenarlo, afinarlo y reprenderlo si no funciona.
Cuando una gran decepción te grita a la cara que tu sexto sentido falló, una reajusta automáticamente su escala de “cosas decepcionantes” y aprieta un poquito las clavijas de su ya desafinado sexto sentido (no todos tienen oído absoluto). Pues bien, nunca deben confiarse. Y si no, aquí les cuento algunos casos que, por comunes, disculpen que no recuerde si son míos o alguien me los contó...

CASO 1: De profesión ¿bonachón?
Le conocí hace unos seis meses y apenas hemos coincidido cinco veces para intercambiar otras tantas conversaciones. Confiando en mi sexto sentido, comenté con amigos: “Ese chico parece buena gente y muy majete” (*Nota: cuando una chica dice de un chico que es ‘majete’, significa “no me atrae ni habrá nunca tema, pero le aceptaría como amigo de cañas”). “- contestaron- y parece bonachón y sencillote”.
Hace unos días, en una entretenida comida con amigos en común, me contaron, entre risas, que la novia de aquel bonachón tiene más “antenas” que un saco de caracoles. De pronto, parece que aquel tierno personajillo tenía poco de tierno y mucho de personajillo. ¿Un lobo con piel de cordero? ¿No se le notaba el disfraz? Warning. Me la coló. El sexto sentido... falló”.

CASO 2: De profesión, ¿pelota?
La conocí hace cuatro años. Pensé que todo lo hacía buscando algo a cambio, un reconocimiento, sobre todo porque se acercaba mucho a ellos. Desconfié aún más cuando él decidió despreciarla sin más. Pensé que aquella chica siempre esperaba una contraprestación. “¿Favores gratuitos en este mundillo? Ni hablar! Busca un puesto en todo este circo".
Hace ahora seis meses que he retomado el contacto con ella. No era lo que vendían de ella. Sigue pendiente y haciendo favores incluso a quien sólo le da a cambio las gracias. El sexto sentido falló. El mío falló y el de alguno con respecto a ella, aún sigue fallando. Una lástima.
Permítanme que no convierta esto en una especie de Diario de Patricia trasnochado o terapia de grupo de Sextos Sentido-adictos... Por eso, para finalizar, déjenme recordar una sola cosa: deben llevar su sexto sentido periódicamente a un luthier; recuerden que es un instrumento muy delicado y que, bien afinado, suena de maravilla.

lunes, 23 de marzo de 2009

Musas, café y letras

Pensaba que la inspiración estaba con ella. Pensaba que las musas se habían mudado con ella a esa luminosa casa en la que entraba poco dinero pero de la que salían muchas emociones. Pensaba que podía colocarse frente a ellas y decirles: “después de estos meses de convivencia, hemos recibido varios encargos. Es el momento de que todas esas bacanales que pasamos juntas se conviertan en trabajo, en timings, en orden, en algo metódico”.
Cuando les contó todos esos proyectos que le habían ofrecido, las musas se rieron, se emocionaron y aceptaron el reto. Fue entonces cuando se puso manos a la obra con el beneplácito de sus musas. Primero había que crear el ambiente preciso, y para eso, y también con permiso de ellas, llegó él. Pasó la noche con ella en casa, arreglando la estructura, y de paso, sus vidas, como sólo ellos sabían hacer, para envidia de las musas.
Al día siguiente, se levantó, le despidió, se puso su chaqueta roja de retales, esa con capucha de duende que compró en un pequeño puestecito cacereño y que le hacía sentirse cómoda, se encendió un cigarro y se preparó una taza de café. Abrió su ordenador portátil y despertó a las musas para que le rodeasen. Nada, nada y nada. “¡Vaya! ¿Es que ahora estáis perezosas? ¡Sólo os pido lo mismo que antes!”.
Confundida, salió a dar un paseo y sonó una alarma que debía haber borrado del móvil hace tiempo. Quizá era el momento de destapar la cajita de los recuerdos y recurrir al pasado en busca de algo inspirador. Sin guantes, sin gafas, sin tapones en los oídos. Desnuda. Poco a poco destapó la caja y ahí estaba todo, pero... no era lo que pensaba. No servía para nada. Sentada en un banco del parque, descubrió que en esa cajita ya sólo había humo, ni si quiera cenizas... Con humo –intuyó- las musas no podrían construir algo sólido.
Llegó a casa y las musas se habían ido. Se sentó en el suelo del pasillo, abrazando sus rodillas contra su pecho y apoyando la cabeza sobre ellas. Se sentía más frágil que nunca. Con miedo a que, igual que el pasado, todo acabase convirtiéndose en humo. Y ni si quiera podía dedicar tiempo a pensar en ello porque Tiempo era lo único que no le quedaba.
Trató de encontrar soluciones. ¿Debía llamar a quien hace unos días le prometió prestarle unas cuantas musas que tenía en casa sobre la cama? ¿O contestar el mensaje de aquel, el que la resucitó hacía meses y que se movía con soltura entre divas inspiradoras? O quizá hablar con aquel que ... Qué más da. Le había costado demasiado tiempo encontrar musas propias como para tomarlas prestadas y volver a agarrarse a musas ajenas.
Se levantó, cogió su Moleskine y releyó esas frases sueltas que colgaban de cada página y que habían dejado apuntadas las musas. Cogió su disfraz, se puso la máscara y se fue. Aquella noche salió en busca de las musas y se topó con varios egos, algunos seres apaleados por la varita de la creatividad y... con el buen Ivahn que –con gesto condescendiente – le recordó que eso “duele, que son cosas normales... es lo que tiene ser princesa de los arrabales”.
Cuando llegó a casa, apenas podía mantenerse en pie, estaba agotada. La cabeza le iba a estallar porque, sin musas, las cosas volverían a no tener sentido. Quizá no debía haber aceptado encorsetarlas y tratar de organizarlas. Aun tambaleándose, dejó café preparado por si, al levantarse, habían decidido volver. Cogió el libro de Momo, cuyos fragmentos releía de vez en cuando para recordarse su rechazo a los “hombres grises que roban el tiempo a las personas” y se acurrucó en el lado derecho de la cama por si ellas, o él, volvían aquella noche. Amaneció y, en el salón, alguien tocaba la guitarra. Nunca se había alegrado tanto de que, por fin, volviese a llegar la primavera. Se había cumplido el ciclo.

miércoles, 18 de marzo de 2009

No me entiendan mal. O, quizá, sí.

En uno de esos días de lecturas, doblajes y cuentos, pasó por mis manos un texto que podría haber escrito yo misma. Alguien lo debió hacer por mí. Hablaba de la importancia del sarcasmo. Y decía algo así como “quizá pierdas algún amigo, pero te sentirás bien”. No me entiendan mal, no haré apología de la anti-amistad ni les animaré a ir perdiendo amigos por el mundo (con lo caros que se cotizan). Pero sí a divertirse, disfrutar y jugar con el sarcasmo... mientras uno pueda esquivar alguna mano que quiera pasear con dureza hacia su cara (siempre hay que saber bajarse, como decía Ariel, en la "penúltima estación").
El texto (de no recuerdo qué autor) ponía ejemplos. Uno de ellos, el de un actor que envió dos invitaciones para su próxima representación a un crítico por el que no profesaba gran cariño. En la nota que acompañaba las invitaciones, decía algo así:
- “Le envío dos invitaciones para la obra que estreno. Una es para usted, y la otra para un amigo... si tiene usted alguno”.
La respuesta del crítico no se hizo esperar. Fue con otra misiva:
- “Le agradezco la invitación a su obra, pero no podré asistir. Espero poder asistir a su siguiente representación... si tiene usted alguna”.
Por respeto a la literalidad del autor, no reproduciré en este texto otros ejemplos, pero seguro que haría que –aun con su dureza- todos ustedes sonrieran como yo lo hice mientras alguien lo leía.
Al parecer, la palabra sarcasmo viene del latin “sarcasmus”, que a su vez procede del griego “sarkasmo” (que, según dicen, significaría algo así como “cortar un pedazo de carne”). ¡Caramba! ¿El efecto del sarcasmo es tan brutal como si arrancase a alguien un pedazo de carne? Teniendo en cuenta que la RAE también lo describe como “burla sangrienta”... ¿Soy algo así como una carnívora sanguinaria del lenguaje! (Siempre preferiré eso que se atribuye al gran Oscar Wilde y que dice que es la “forma más baja de humor pero la más alta expresión de ingenio”).
No me gusta esquivar lo que dice la sabiduría popular, y aún menos algunas sentencias como esa de “más vale prevenir que curar”. Quizá por eso, acostumbro a advertir, antes de una conversación relajada: “Discúlpeme, porque en cuanto llevemos un rato charlando, sufrirá mi sarcasmo”... Quien avisa no es traidor. Al menos, eso dicen.

lunes, 9 de marzo de 2009

Madrid by night. Cazadores y cazados

Sin duda, la noche madrileña está hecha por y para los dispuestos a comprenderla, aunque siempre transcurra a cientos de necedades por segundo. Veamos si puedo traspasar al papel o a su pantalla alguna de estas noches que caminan entre el surrealismo y el absurdo natural de la vida. Así puede ser un sábado madrileño.

FASE 1: SÁBADO DE PARTIDO
Aunque una se haya desvinculado del deporte televisado como algo pegado a la cotidianeidad, en Madrid, los derbis siempre son excusa para una reunión. Tú lo crees, y el resto de madrileños también. Pero no, Madrid no es un lugar donde uno pueda ver un partido sin acudir a la cita futbolera con tiempo para tragarse la “previa” que anuncia el “partido del año, de la década... del siglo”.
La fase 1, “búsqueda de un bar”, se convierte en la primera cruzada si tu agenda no te permite llegar antes de que empiece el partido. Lleno, lleno y lleno. Es, además, el día en el que los bares se etiquetan aun sin quererlo: el bar-guardería, el bar-geriátrico, el bar-fritanga... Y tú tienes que buscar en todos aunque: (A)obviando tus patas de gallo para colarte en el bar guardería, (B)estirando tu mini-falda para entrar en el geriátrico y (C) rezando por llevar una muestra de colonia en el bolso para entrar en el bar-fritanga y que cuando quedes con tu chico no te llame Murphy Ali-Oli. Por fin llegas a un bar con una esquina vacía.
Intentas focalizar tu atención en el partido, pero los chascarrillos y la falta de goles hace que tus neuronas tengan que repartirse entre la conversación y el trocito de pantalla en el que tu equipo apenas toca el balón. Es sábado y –siguiendo los consejos de tu amigo lunático- llevas unas cuantas neuronas apagadas, así que sólo puedes prestar atención a una cosa: la conversación.
FASE 2: PRIMERAS TAPAS – PRIMEROS CAZADORES
El partido acaba pronto, así que la fase 2 es preparar el estómago para salir. Unas tapas marcan el comienzo oficial de la noche en Madrid. Ya se sabe que tres chicas solas, por mucho que insistan en que ya tienen quien las ‘cuide’, son blanco fácil para que futboleros apresurados a celebrar con alcohol cualquier empate intenten lo imposible. Porque, sea cual sea el resultado, en las noches de derbis, las manadas futboleras se tajan. Porque sí. Si ganas porque ganas y si pierdes porque pierdes. Y si empatas porque... una copa para ti y otra mí.
- Hola, ¿estáis solas?
- Sólo de momento
- ¿Es que tenéis novio?
- Sí.
- Bueno, pero estamos en el siglo XXI, y ya sabe que hoy en día una chica no debe ser para un solo chico, ¿no? Me llamo xxx y estoy con mis amigos del club de caza (no es una metáfora, aunque pudiera parecerlo)
La sucesión de comentarios sarcásticos y algún que otro golpe bajo, no logran evitar que vuestro nuevo amigo, llamémosle número 1, se siente en la mesa e invite a hacer lo propio a un amigo, llamémosle número 2. Tú intentas fingir interés, pero las caras te delatan. Él habla y tú enciendes las neuronas y empiezas a pensar... “¿Por qué diablos no se abrochará un par de botones más de la camisa. Eso ya no triunfa, si es que alguna vez estuvo de moda? ¿No se va a cansar nunca? ¿No se da cuenta de que el hecho de que subiese un monte corriendo no nos impresiona? ¿Debería reírme como si me hicieran gracia sus chistes? ¿Con menos copas será igual de cansino? ¿Por qué estoy hablando de las corridas de toros a las 2 de la madrugada?”.
Mientras el amigo número 2 te cuenta su trayectoria profesional, el amigo 1 decide darte un testimonio gráfico de su vida. Y ya se sabe que los móviles con cámara de fotos son... una putada para la noche madrileña. “Mira, aquí estoy con Abel Antón cuando corrí la maratón”. “Y esta es de cuando matamos un jabalí, porque soy también taxidermista”. “Esta es la foto de mis trofeos de caza”... “Aquí cuando subí corriendo el Teide”...“y aquí estoy con el Príncipe, cuando gané el campeonato de tirachinas”. Esa última frase te marcó. Te cautivó. Toda la vida habías soñado con un tirachinista profesional. Y estaba frente a ti. Insinuándose con tres botones de la camisa desabrochados. Pero una no está preparada para hablar a esas horas de un sábado con un taxidermista-corredor-carnicero-cazador-campeón de tirachinas. Sí, aunque no lo crean, él existió.
FASE 3: SEGUNDAS COPAS
Cuando ellos, vuestro seguro anti-cazadores, no vienen al rescatarte, decidís mover ficha e ir donde están. Despides a tus cazadores con un chascarrillo carnívoro y te vas. Llega el momento de reunirte con ellos y la noche parece dirigirse al camino tranquilo de Brugales, gominolas, kikos y enamoramientos (de verdad o de mentira).
Madrid es así. Cuando en una noche una conoce a un club de cazadores-tirachinistas-taxidermistas-etc, no espera encontrarse con otro grupo “peculiar”. ¿Dos en la misma noche? Murphy, esto es Madrid y siempre te puede sorprender.
Siempre has pensado que cuando una está acompañada, no se acerca ‘varón’. Murphy, esto es Madrid. En menos de 15 minutos, entabláis conversación con una peña gastronómica que, también con la euforia del partido machando su hígado, acaba formando parte de vuestro grupo. Eso sí, te lo ponen fácil porque todos llevan una camisa con su nombre debajo (eso es facilitar las cosas). ¡Para chulos, los madrileños, que salen con el nombre grabado en la camisa por si no te quedas con su cara!
El de las gafitas de pasta te da buen feeling y resulta que es un buen contacto profesional y tenéis amigos en común. Otro resulta veranear en un pueblo vecino al de tus veraneos adolescentes y otro no puede dejar de hablarte de Placebo, Fito Páez y Weezer. (Recuerden mi teoría del mundo endogámico).
Pero cuando se mezclan derbis, copas, chicas y chicos en la noche madrileña, siempre puede haber un comentario confuso que provoque que la reunión se disuelva precipitadamente por un roce masculino... Y, como suele suceder en Madrid, un chupito marca el final de la noche.
No se asusten, no siempre es igual... pero si salen por Madrid, deben estar preparados.
Feliz semana