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jueves, 7 de enero de 2010

Baltasar o el nuevo Cuento de Navidad

La noche de reyes, los niños buenos cenan pronto y se van a dormir, apretando fuerte los ojos para que ningún hombrecillo mágico les descubra despiertos. La noche de reyes, los niños malos salen de casa esperando abrir bien los ojos para no perderse ningún detalle y, si se encuentran con un Rey Mago, le dicen las verdades a la cara. Dicen que las niñas y los niños malos aprovechan la noche de Reyes para regresar a aquel bar donde las noches se fundían con los días de una manera extraña...

Dicen que allí, dentro de aquel bar, aparecieron los Reyes Magos. Colocados en círculo, sacaron de su capa una botella de Cacique con la que, a hurtadillas, rellenaba las copas de sus compañeros... ¿Dónde habían quedado los licores de oriente, el aguardiente y los manjares mágicos? Aunque la magia sí la traían puesta... Por eso, cuando los Reyes Magos visitan un bar de madrugada se convierten en el blanco de niñas malas que ansían todos los deseos que llevan tiempo sin atreverse a pedir. Como si fueran estrellas del pop, los flashes se multiplican a su alrededor y sus coronas brillan como nunca lo han hecho. “¡No siempre una puede ver a Sus Majestades dentro de un bar!”, resuenan sus justificaciones.

Tú, que nunca te habías sentido vinculada a las estrellas del pop, sólo cerraste los ojos para que los flashes no dañasen tus ojos, cansados de tanta luz cegadora. Al darte la vuelta, alguien te tomó del brazo. Era el bueno de Melchor, que te ofreció la corona...

Sin darte cuenta, pasaron por tu cabeza, una tras otra, las tres coronas. La más fácil fue la de Melchor. Siempre ha sido el más facilón, y el más popular. Fue el primero en regalártela, a cambio de muy poco. Ruegos y sugerencias. Sólo tuviste que elegir la barba blanca o la negra que asomaba debajo. Gaspar se hizo de rogar –siempre ha sido un rey algo insulso, para ti- aunque, al final, esa corona también fue tuya. El más gentil, bajo aquel turbante dorado y con esa mirada ingenua, fue Baltasar.

Saliste de aquel bar con Baltasar del brazo y, camino de casa, pasasteis junto a ese barrendero asombrado que miraba nervioso el reloj. Ahí estabas tú, paseando orgullosa del brazo de Baltasar. Os reísteis al pasar frente a aquel edificio que en su día era una antigua multinacional del sector discográfico y que hoy sólo son restos de frías oficinas. A Baltasar le hace gracia eso de la música y los sellos, porque dice que él entiende de estrellas y que allí dentro no había estrellas que seguir. La noche se hacía cada vez más fría, así que cruzasteis el pequeño callejón cuando...

Lo que sucedió después sólo lo saben los que creen en los cuentos... de Navidad. Porque en los nuevos cuentos de Navidad, uno no debe dormir en la noche de Reyes. Los mitos están para ser rotos...

lunes, 18 de mayo de 2009

Silencio en el autobús

Saber qué equipo de la NBA llegaría a la final de la Conferencia Oeste, unido a un puñado de chascarrillos nocturnos, me habían hecho despertarme esta mañana con una especie de nubarrón en la cabeza. Tres horas de sueño no dan para mucho. Convencida de que “al mal tiempo buena cara”, elegí una chaqueta roja intensa y mi inseparable pañuelo rojo para enfrentar este lunes con un chip zen que me hiciera pensar que “soy una rama de bambú y nada me turba”.
Sentada en mi “oficina móvil”, ella subió al autobús. Bajita, delgada y de unos 55 años. No debía cuidar demasiado su dieta, porque mientras yo había desayunado dos suculentas tostadas, ella había desayunado altavoz. Y se había olvidado del botón del volumen y el de control de graves. Era una de esas voces que yo envidiaba en los doblajes. Grave, gruesa. Hoy, esa voz era una sucesión de golpes en la cabeza.
El movimiento me hizo tener ganas de echar la primera cabezada del día. A ella parecía no importarle. Empecé a escuchar sus primeros balances de actualidad.
- Perdió Nadal. Le quitarán puntos, ¿no? Porque lo de los puntos es algo así. Que si pierdes, te quitan –comentó a su compañero con seguridad.
- No, no. Quitarte no te quitan –respondió aquel compañero con poco oído pero algo más de inteligencia.
- Que sí, que te quitan. Que esto es así -insistió ella.
- Que no, no. Yo creo que no.
- Estoy casi segura de que te los quitan, aunque tenía mucha ventaja.
Se acabó. Me quité mi chaqueta roja (al fin y al cabo, parecía el fin del buen rollo), coloqué una rodilla sobre el asiento, me di la vuelta y espeté:
- No, no te los quitan. Te van dando puntos según vas superando el resultado del año anterior, vale?
Intenté poner mi mirada desafiante pero no debieron entenderla, porque me agradecieron el comentario. Me volví a dar la vuelta y me arropé con mi cazadora roja en busca de un momento de paz a las 8 de la mañana. ¿Era mucho pedir?
Sí, lo era. Pasaron 20 minutos y esa voz seguía martilleándome. Esa risa chillona me estaba poniendo los rizos de punta, y tanta absurdez condensada estaba acabando con mi paciencia. Respiré y recordé aquella serie mítica de Steve Urkel y en la que el impaciente padre de Laura Winslow se repetía... “Un, dos, tres... yo me calmaré... cuatro, cinco, seis... todos los veréis...”.
No llegué al seis. Me quité el abrigo, me giré, me abalancé sobre ella y, pegando mi cara a la suya, grité:
- ¿Qué te parece si bajas el volumen y me dejas dormir? No me interesa tu fin de semana, ni lo que opinas de la economía, ni las historias que te estás inventando, ni la serie que viste anoche, ni lo que te compraste ayer en el rastro. ¡Sólo necesito que te calles! ¡Es lunes y son las 8,20 de la mañana! ¿Es mucho pedir un poco de paz? ¿Es mucho pedir que me dejes vivir?
Aquella señora empezó a hacer pucheros mientras su compañero, impactado, fruncía el ceño. El autobús se quedó en silencio.
Un giro fuerte del autobús me hizo perder el equilibrio y golpear mi cabeza con la ventana... Con el sonido de mi cabeza contra el cristal, me desperté. Habíamos llegado. Aún desperezándome, escuché su voz gruesa aún golpeando palabras detrás de mí. Me levanté, se levantó y sonrió cuando se cruzaron nuestras miradas. En ese momento, solté una carcajada que ella nunca entenderá.

lunes, 27 de abril de 2009

Por un microondas roto

Se ha roto mi microondas. Fue de pronto. Se rompió como se rompen muchas cosas: sin hacer ruido. Por culpa de la crisis, no puedo comprar uno nuevo en esa sección de “pequeño electrodoméstico” (Por cierto, no sé quién diablos lo llamó “pequeño electrodoméstico”: ¡Será pequeño para su cocina!). Fue una pena haber perdido hace tiempo un microondas que me regalaron. (Sí, amigos, se puede ser tan insensato como para perder un microondas…).
Me gusta el café caliente. Me gusta rodear con las manos una taza calentita de café con leche y, antes de bebérmelo, calentar un rato mis manos siempre frías. Por culpa de mi microondas roto, he tenido que rescatar del fondo de un armario un pequeño cazo en el que ahora tengo que calentar la leche a diario. Y acostumbrarme al “demasiado frío” o “demasiado caliente”.
No suelo dormir mucho porque, en mi agenda, con la “d” sólo existen palabras como "dirigir", "divertirse", "doblar", "divagar", "descubrir", "digitar, "decir"...etc. (todo, excepto “dormir”) pero, por culpa de mi microondas roto, ahora duermo aún menos. La culpa la tienen esos minutos que tardo en calentar la leche y estar pendiente de no quemar otro cazo en esa vieja cocina de gas (a veces olvido que no suena un “ding” cuando está caliente).
Por si esto fuera poco, el microondas era una tabla de salvación para disimular mis escasas dotes culinarias. Por culpa de mi microondas roto, se ha desequilibrado mi dieta. Una mañana me presenté a esos cuatro amenazantes fogones que parecían querer vengarse por las veces que he pasado junto a ellos mientras abría con desdén la puertecita del microondas: “Buenos días cocina –le dije con mi mejor sonrisa- creo que no nos habían presentado. Soy Murphy y prometo portarme bien… si me echas una manita”. Creo que ella no está dispuesta a poner de su parte…
Me paso el día corriendo de un lado a otro anotando ideas que encajan en cada uno de los proyectos que tengo en marcha. Por culpa del sueño y de mi dieta desequilibrada (provocados por mi microondas roto), la creatividad juega conmigo al escondite y no tengo reflejos para perseguirla. Para colmo, mi agenda se ha sublevado después de haberse visto abandonada sobre una máquina de tabaco, en casa de un amigo y en un estudio de grabación.
Debido al jugueteo de mi creatividad y a mis lapsus periódicos, tengo a cuatro personas esperando que les entregue la base para empezar a trabajar en uno de mis proyectos más ambiciosos… Lo más terrible, es que ellos no entienden que la culpa de todo la tiene un microondas roto. No entienden que muchas veces, cuando algo se rompe, se desencadenan una serie de catastróficas circunstancias.

lunes, 13 de abril de 2009

Redescubriendo los cuentos

Aún hay muchos que creen en los cuentos de hadas. Otros prefieren simplemente lanzarse a la búsqueda del “y fueron felices para siempre”. También los hay nostálgicos, que acumulan historias que empiezan por “Erase una vez” y creen en príncipes azules, animales que hablan, personas absolutamete buenas o perversamente malas o incluso confían en que los sueños se conviertan en realidad con el chasquido de dos dedos.
Los demás también vivimos –aunque no nos demos cuenta- rodeados de cuentos. Los que nos cuentan en el día a día. Unos, para que trabajemos más, otros para que estorbemos menos, algunos para conseguir favores... Lamento comunicar que estamos rodeados de cuenta-cuentos rutinarios. Auténticos expertos. Algunos, reconozcámoslo, pueden ser peculiares e incluso divertidos. Hace poco conocí a uno de esos divertidos “cuenta-cuentos”. Era cubano, y comenzó su cuento diciendo algo así como “Corassón, yo llegué aquí hase algo más de un año...”. Ese cuento, como muchos, terminaba diciendo... “yo digo ‘mi amol’ sólo después de darte un beso”. Cuentos, cuentos y más cuentos.
Creemos no ser ingenuos cuando nos cuentan un cuento pero lo somos. Reconozcamos que lo hemos sido desde que creímos que el cuento de Caperucita, el de Blancanieves o el de Cenicienta eran en origen tal cual nos lo contaron. Dicen que el cuento real era más duro o incluso ‘gore’. Así lo recogía hace poco un artículo del diario 20 Minutos del pasado 10 de marzo. Con ayuda del libro “Los dueños de los sueños”, de Jesús Callejo, este artículo reflejaba las muertes macabras, mutilaciones y sangrientos castigos que existían en la primera versión de los cuentos más clásicos. Os cuento algunos ejemplos que publicaban:
  • BLANCANIEVES: La ingenuidad que nos vendieron no ha debido de ser tal, ya que se cuenta que esta dulce joven, una vez casada con su príncipe, decide vengarse de la reina por intentar asesinarla: “Habían puesto ya al fuego unas zapatillas de hierro y estaban incandescentes. Tomándolas con tenazas, la obligaron a ponérselas, y hubo de bailar con ellas hasta que cayó muerta” (Hermanos Grimm).
  • CAPERUCITA ROJA: Aunque a nosotros ha llegado un “lógico” final, como que el cazador mata al lobo, Perrault decía que la protagonista muere porque “el malvado lobo se echó sobre Caperucita Roja y la engulló de un solo bocado”. Según la versión de los hermanos Grimm, “la abuela y Caperucita fríen al lobo en una caldera de aceite”. Según el artículo de 20 Minutos, otras versiones dicen que el lobo obligaba a Caperucita a comer carne y beber sangre de la abuela. Lo más curioso es que en la versión de Perrault, éste incluye una moraleja para las “doncellas, en especial, las señoritas bien hechas, amables y bonitas” sobre los peligros de hablar “con lobos complacientes” que “las siguen hasta las casas y callejuelas”. (Parece que hay moralejas que siguen teniendo vigencia...)
  • CENICIENTA: La versión de los hermanos Grimm poco tiene que ver con los ratoncitos de Disney, la hermanastra no tan mala y la pureza. Al parecer, la madrasta cortó los dedos y los talones de sus hijas para que les encajase el zapato. Pero el príncipe las descubre “al ver correr la sangre”. Al final, las palomas de Cenicienta (esos lindos pajaritos que nosotros veíamos en el film de Disney construyendo un vestido) pican a las hermanastras en los ojos dejándolas “ciegas para toda su vida”. (Por perversas... cieguitas para toda la vida)
  • LA BELLA DURMIENTE: En este cuento de Perrault, el príncipe azul descendía de una familia de Ogros y, su madre, cuando veía a los niños, sentía ganas de devorarlos. “Quiero comerme a mi nuera –decía- en la misma salsa que a sus hijos”. (Vaya, parece que hay que estar seguro de la familia con la que emparenta uno...).
  • PULGARCITO: Según el artículo, Pulgarcito cambió las gorras de sus hermanos por las coronas de las hijas del Ogro, que “se dirigió a la cama de los niños, armado de su cuchillo para degollarlos a todos” y comérselos. Pero “al palpar los gorros, les cortó a todas la cabeza” (a sus hijas).
  • LA SIRENITA: Que muchos se olviden de la dulce Ariel de dibujos animados que bebe una pócima que sólo la convierte en una mudita adorable. En la versión de Andersen, la Sirenita sólo puede convertirse en mujer si bebe una pócima que la hace sentir como si caminara sobre cuchillos todo el tiempo.

lunes, 6 de abril de 2009

La mujer que descubrió el País de Nunca Jamás

La conocí pese a mi negativa a confraternizar por obligación. Siempre he sido del poco a poco pero, por suerte, ella también. En ella, la juventud no era cosa de la edad, sino algo de dentro afuera. Se enfundaba una camiseta rosa de tirantes y acudía a un concierto de rock a emocionarse por los logros de su retoño y al día siguiente, tras dar de comer a sus pajaritos, hacía un suculento guiso en aquella luminosa cocina. Contrastaban su fuerza y mentalidad joven con su serena forma de expresarse y moverse.
Ella hablaba poco, y cuando lo hacía, era para decir lo adecuado. Ni más ni menos. Siempre he recordado sus historias. Esas que comenzaban con el “cuando yo era más joven...”. Creo que alguna vez llegué a imaginar esa casona en la que vivió de joven y de la que cada uno de sus hermanos tenía un recuerdo tan distinto. Hablaba de su pasado y de su presente con contundencia y, sin alardes, era capaz de intervenir con sensatez en cualquier conversación sobre cualquier tema. Podría haber sido escritora, maestra, enfermera o incluso artista, porque cada cosa que caía en sus manos se transformaba en un cuadro, una muñeca de trapo, una figura de papel, un vestido, un mantel... Inundaba la casa con cuadros de colores vivos que mostraban objetos tras un cristal. Siempre tras el cristal.
Pero las cosas tenían que seguir su curso, y a las trabas de la vida, se unían cada vez con más fuerza las trabas de un cuerpo que no estaba dispuesto a ser benévolo con su juventud. Y de pronto, las corrientes le hacían viajar al País de Nunca Jamás. Y, cuando lo visitaba, olvidaba. Olvidó un mes, dos, tres meses... De pronto volvía y hablaba más que nunca... o de pronto callaba. Y se iba y olvidaba. Y volvía y recordaba... o no.
A veces, era imposible saber por sus palabras o por sus gestos si estaba en el País de Nunca Jamás. Un día, opté por buscar las respuestas en sus ojos. Y las encontraba o creía encontrarlas. Él decía que no debía buscar, ni pensar, ni entender, pero yo me resistía, y me preguntaba si el País de Nunca Jamás era un buen sitio en el que perderse, si estaría cómoda, si no era malo tener la mirada perdida mientras llevase la sonrisa puesta.
Un día, de manera repentina y mientras ella estaba en el País de Nunca Jamás, tuve que irme para siempre sin poder llevar conmigo un solo recuerdo suyo, de esos que decía que fabricaba para mí. Aunque éramos poco dadas al abrazo, nunca supo que más de una vez me habría gustado abrazarla. Aun cuando estaba en el país de Nunca Jamás, junto a su nueva chimenea, con su manta naranja y un libro de historia entre las manos.
Me pregunto si habrá combatido contra algún molino de viento en este tiempo. Me pregunto si recordará algunas conversaciones que, antes de su primer viaje, me regaló y que yo guardé en la cajita de los “aprendizajes”. Y, a veces, también me pregunto si habrá vuelto a enfundarse aquella camiseta rosa de tirantes con la que la conocí y con la que la vi por primera vez. Orgullosa y borracha de euforia. Feliz.

lunes, 23 de marzo de 2009

Musas, café y letras

Pensaba que la inspiración estaba con ella. Pensaba que las musas se habían mudado con ella a esa luminosa casa en la que entraba poco dinero pero de la que salían muchas emociones. Pensaba que podía colocarse frente a ellas y decirles: “después de estos meses de convivencia, hemos recibido varios encargos. Es el momento de que todas esas bacanales que pasamos juntas se conviertan en trabajo, en timings, en orden, en algo metódico”.
Cuando les contó todos esos proyectos que le habían ofrecido, las musas se rieron, se emocionaron y aceptaron el reto. Fue entonces cuando se puso manos a la obra con el beneplácito de sus musas. Primero había que crear el ambiente preciso, y para eso, y también con permiso de ellas, llegó él. Pasó la noche con ella en casa, arreglando la estructura, y de paso, sus vidas, como sólo ellos sabían hacer, para envidia de las musas.
Al día siguiente, se levantó, le despidió, se puso su chaqueta roja de retales, esa con capucha de duende que compró en un pequeño puestecito cacereño y que le hacía sentirse cómoda, se encendió un cigarro y se preparó una taza de café. Abrió su ordenador portátil y despertó a las musas para que le rodeasen. Nada, nada y nada. “¡Vaya! ¿Es que ahora estáis perezosas? ¡Sólo os pido lo mismo que antes!”.
Confundida, salió a dar un paseo y sonó una alarma que debía haber borrado del móvil hace tiempo. Quizá era el momento de destapar la cajita de los recuerdos y recurrir al pasado en busca de algo inspirador. Sin guantes, sin gafas, sin tapones en los oídos. Desnuda. Poco a poco destapó la caja y ahí estaba todo, pero... no era lo que pensaba. No servía para nada. Sentada en un banco del parque, descubrió que en esa cajita ya sólo había humo, ni si quiera cenizas... Con humo –intuyó- las musas no podrían construir algo sólido.
Llegó a casa y las musas se habían ido. Se sentó en el suelo del pasillo, abrazando sus rodillas contra su pecho y apoyando la cabeza sobre ellas. Se sentía más frágil que nunca. Con miedo a que, igual que el pasado, todo acabase convirtiéndose en humo. Y ni si quiera podía dedicar tiempo a pensar en ello porque Tiempo era lo único que no le quedaba.
Trató de encontrar soluciones. ¿Debía llamar a quien hace unos días le prometió prestarle unas cuantas musas que tenía en casa sobre la cama? ¿O contestar el mensaje de aquel, el que la resucitó hacía meses y que se movía con soltura entre divas inspiradoras? O quizá hablar con aquel que ... Qué más da. Le había costado demasiado tiempo encontrar musas propias como para tomarlas prestadas y volver a agarrarse a musas ajenas.
Se levantó, cogió su Moleskine y releyó esas frases sueltas que colgaban de cada página y que habían dejado apuntadas las musas. Cogió su disfraz, se puso la máscara y se fue. Aquella noche salió en busca de las musas y se topó con varios egos, algunos seres apaleados por la varita de la creatividad y... con el buen Ivahn que –con gesto condescendiente – le recordó que eso “duele, que son cosas normales... es lo que tiene ser princesa de los arrabales”.
Cuando llegó a casa, apenas podía mantenerse en pie, estaba agotada. La cabeza le iba a estallar porque, sin musas, las cosas volverían a no tener sentido. Quizá no debía haber aceptado encorsetarlas y tratar de organizarlas. Aun tambaleándose, dejó café preparado por si, al levantarse, habían decidido volver. Cogió el libro de Momo, cuyos fragmentos releía de vez en cuando para recordarse su rechazo a los “hombres grises que roban el tiempo a las personas” y se acurrucó en el lado derecho de la cama por si ellas, o él, volvían aquella noche. Amaneció y, en el salón, alguien tocaba la guitarra. Nunca se había alegrado tanto de que, por fin, volviese a llegar la primavera. Se había cumplido el ciclo.

miércoles, 25 de febrero de 2009

A propósito de Dickens

Debe ser por esa manía mía de ir a contratiempo, por la que el Cuento de Navidad me ha llegado con los últimos fríos del mes de febrero.
El lunes se apareció frente a mí el Fantasma del Pasado. Lo hizo durante tres horas, disfrazado de reflexiones en un lunes nocturno. Él, el fantasma, era distinto a lo que yo imaginaba cuando leía el cuento de navidad. Era alto, tranquilo, reflexivo y llevaba en el bolsillo un pequeño mp3 con poca capacidad. Ahora era poeta, quizá se había hecho así de tanto mirar el pasado y de sus ganas por colorearlo con versos. Mi fantasma del pasado me dijo cosas que yo ya sabía. Sólo vino para pasar de puntillas por el pasado, empaquetarlo y llevárselo. Después, me dejó en casa y, con cuatro acordes cantarines que ahora no recuerdo, me arropó para que durmiera tranquila y se fue.
Lo que no imaginaba era que, sólo un día después, el martes por la noche, cuando me acomodaba para ponerme en manos de Morfeo, aparecería el Fantasma del Presente. Su visita fue muy breve, casi al ritmo de mi presente (¡al compás de tres por ocho!). Siempre fue un músico atado a ritmos peculiares y, aunque era el Fantasma del Presente, supe que venía del pasado. Sonaron tres notas y ahí estaba. De pie, con esa cara de pequeño duende y lleno de una energía que sabía dosificar como nadie. Tuve que incorporarme y frotarme los ojos para asegurarme de que era él. No hablaba, sólo escribía. Colocó una especie de espejo gigante frente a mí. Un espejo que no había visto antes. Me daba miedo mirarlo, pero si estaba ahí, era absurdo ignorarlo. Era una radiografía brutal. Lo dejó frente a mí y, con cuatro frases bajo la palabra “talento”, se fue. Aquella noche dormí con el espejo frente a mí y tan plácidamente como no lo hacía hace meses. Por la mañana, el espejo había desaparecido. Y yo sabía aliviada que no era el viejo Scrooge. Por suerte, nunca lo fui.
Ahora estoy sola. Cruzo los dedos para que no aparezca el Fantasma del Futuro. Se ha ido la luz y apenas me alumbra la luz de unas velas que he ido rescatando en distintos rincones de la casa. Estoy dispuesta a darle con la puerta en las narices. Dickens siempre me ha gustado, pero a menudo he renegado de sus finales. Previsibles. Discúlpeme, señor Charles, pero no abriré la puerta a su Fantasma del Futuro. No sé cómo hacerle entender que me he convertido en una especie de cocinera inexperta a la que le gusta levantar las tapas de todas las cacerolas para ver qué hay dentro. No quiero que alguien se asome por mí y me robe la posibilidad de oler lo que hay dentro e ir probando.
Suena la puerta.

martes, 6 de enero de 2009

Roscón de Reyes

Se quedó allí plantada. Frente al árbol de Navidad. No había regalos. Tampoco los esperaba. Después de un año de tantas penurias, era imposible que pudiera haber un solo regalo bajo aquel árbol. Pero ella seguía ahí plantada. Delante de ese árbol que ni si quiera ella había puesto este año. Alguien lo hizo por ella. Llevaba 10 minutos ahí. Inmóvil. Por algún extraño motivo, sonreía al imaginar que saldrían regalos por generación espontánea. Tampoco le preocupaba que no lo hicieran. Ya no hacía falta.
Corrió a su habitación y cogió su Moleskine, ese cuaderno de notas que dicen que perteneció a muchos genios. Ahora, después de estos meses, ella también se sentía uno de ellos y por eso siempre la llevaba consigo.
Pasó las páginas con rapidez. La gente tiene su escala de valores grabada en la cabeza, pero ella, desde que tuvo que reinventarse, decidió escribir su listado en aquella fina y elegante Moleskine. Comenzó a leer. ‘Seguro que “regalos y compras” han caído varios puestos’, pensó. Siguió leyendo con ansiedad y curiosidad. ¿En qué puesto han quedado los regalos navideños? Recordaba el entusiasmo con que solía pensarlos, elegirlos, comprarlos, empaquetarlos, regalarlos. Pero, por más que pasaba páginas, allí no estaba. En aquella amplia lista de cosas importantes de su nueva vida no existía “regalos y compras”... Y aún no había pasado un año desde su reinvención.
Volvió a clavarse frente al árbol. Cogió su zapato. Pese a todo, había dejado un reluciente botín allí debajo. (Aquella infantilidad le seguía resultando reconfortante). Se dio la vuelta y se dirigió a la cocina. Cogió la taza azul de los tulipanes holandeses -uno de los pocos objetos que sobrevivieron al naufragio-. Lo llenó de café y partió un trozo de roscón. Eso sí permanecía. Aquel pedazo de roscón de reyes.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Naricilla de payaso

Llegaste a casa, a tu nueva casa, y alguien especial te había dejado una nariz de payaso sobre la cama. Junto a ella, una nota: “una naricilla payasil para cuando necesites alegrar el día”. Esos días, te decían que escaseaban los motivos para sonreír, que se vendían caros. Que no era fácil provocar una simple mueca algo cómica.
Viste la nariz, sonreíste y la guardaste en tu bolsillo. Las primeras semanas ni recordabas que viajaba contigo. La sacaste un día y alguien sonrió a un mal día. Poco tiempo después, te la pusiste y te reíste de ti misma. Al final, esa pequeña naricilla verde se había convertido en algo tan personal que, hasta en los momentos ‘menos oportunos’, se abría camino. Y funcionaba. Y hasta él te pidió que nunca dejases de llevarla.
Quizá por eso, desde entonces, llevas siempre la nariz en el bolsillo. La nariz verde de payaso.