Las tecnologías no avanzan al ritmo de las personas. De algunas personas. Y no porque sean incapaces de emplearlas sino porque no entienden bien el dónde, el cómo ni el cuándo.
Viernes noche, línea 5 de Metro de Madrid, una de las más céntricas y la que –de forma habitual- concentra mayor variedad de personas, personajes y sucedáneos humanos, entre los que me incluyo. Entre el murmullo que acompaña a cada vagón, empieza a despuntar una voz con ese acento que muchos identifican con Madrid, cargado de “egques, troncos y tíos”. Por supuesto, el móvil en la oreja (ahora que el Metro tiene cobertura, no se puede desaprovechar!).
- Que no me río, tonta. Que me gusta que seas así.
Sin darte cuenta, caes en esa manía tan española de
reconducir tus neuronas y analizar conversaciones ajenas. Levantas la cabeza y observas cómo un chico de unos 17 años, ataviado con su gorra, pendientes y sudadera de rayas, pasea por el vagón –cual salón de su casa- mientras mantiene la típica conversación adolescente por teléfono de “ahora somos amigos pero... las dejo caer”. Inmediatamente pones cara a la pipiola que, al otro lado del teléfono, lanza frases tontunas para que le doren la píldora. Nuestro amigo continúa gritando:
reconducir tus neuronas y analizar conversaciones ajenas. Levantas la cabeza y observas cómo un chico de unos 17 años, ataviado con su gorra, pendientes y sudadera de rayas, pasea por el vagón –cual salón de su casa- mientras mantiene la típica conversación adolescente por teléfono de “ahora somos amigos pero... las dejo caer”. Inmediatamente pones cara a la pipiola que, al otro lado del teléfono, lanza frases tontunas para que le doren la píldora. Nuestro amigo continúa gritando:-Eg que voy en el metro. Sí, tronca. Te juro que voy en metro y tengo cobertura. No me queda mucho saldo, pero shi quieres pido dinero y te llamo dezde una cabina.
Cuando termina la conversación, cada uno vuelve a sus quehaceres, camuflando el monedero por si nuestro amigo empieza a recaudar cash para seguir su conversación de “cuelga tú, no tú, no mejor tú”. Volvemos a mirarnos unos a otros, consultamos el móvil, la parada... Pero nuestro amigo, el de la sudadera de rayas, vuelve al ataque.
-¿Sí? Tronco, ya estoy llegando. Te lo juro por Diosh. Ehpérame un minuto. Que shí, que síh. Te juro por Diosh que voy ya por Chueca, que Gran Vía esh la siguiente!!!
Ahí llega el sobresalto. Nuestro joven amigo, además de gritar mientras recorre el vagón de lado a lado, ha provocado que todos nos movamos confusos pensando que el tren había pegado tal acelerón que se había saltado cuatro estaciones de golpe. Uf, nuestro amigo “te juro por Dios” mentía. A gritos. Aún no habíamos llegado si quiera a Alonso Martínez, pero imagino que un ‘te juro por Dios’ siempre queda mejor acompañado de una mentirijilla.
Después de 12 repeticiones del... “Que sí, tronco, te lo juro por Dios, que voy por Chueca. Espérame que la próxima es Gran Vía y me bajo. Tronco, te lo juro por Dios, que ya llego” , lo que volvió fue el bendito murmullo silencioso de viernes. Todas nuestras neuronas, ahora sí, pensaban en lo ridículo de la situación de nuestro amigo del que ya teníamos más información de la que necesitábamos... Pero entonces...
-Tiroriroriiiii. Tiroriroriiii.
-¿Sí? Raúl, ya estoy llegando. Vale, vale, ahora voy para allá. Sí, estoy casi en Gran Vía. (Me reí, tratando de morderme la lengua para no decir un “te lo juro por Dios”!)
Levanto la cabeza y la fila de enfrente me mira sonriendo. Les devuelvo una mueca de “todos somos iguales, qué le vamos a hacer”. Pero esta vez, al menos, sí llegábamos a Gran Vía.


