Mostrando entradas con la etiqueta PALABRAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta PALABRAS. Mostrar todas las entradas

lunes, 7 de febrero de 2011

De la existencia de la duda...

Siempre he creído que existe una cualidad, por encima de otras muchas, que diferencia a los hombres de los animales: la voluntad y, por tanto, la capacidad de elección. Las decisiones, en definitiva, serían esas baldosas amarillas (que diría la pequeña Dorothy en el Mago de Oz) que van marcando un camino y no otro. Esa parece ser la ventaja del ser humano, aunque el inconveniente viene sólidamente unido a ella: la duda.

¿Qué puede más: el beneficio de la duda o la sombra de la duda? Eso debía ser lo que pensaba Reginald Rose al escribir Doce Hombres sin Piedad, esa película (y obra teatral) en la que un miembro del jurado esgrime “una duda razonable” como argumento para no votar por la culpabilidad de un acusado. Por tanto, ¿una duda es suficiente para no acusar o es la clave para culpar?

Decía Frédéric Chopin (perdónenme por citarle una y otra vez): “La felicidad es efímera; la certidumbre, engañosa. Sólo vacilar es duradero”. Tal vez Chopin sólo citaba a Kant, cuando el filósofo aseguraba que “se mide la inteligencia de un individuo por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar”.

Demasiadas dudas para averiguar algo sobre la utilidad de la propia duda...

lunes, 20 de abril de 2009

Palabras (I): Boca

Con la boca se habla, se come, se bosteza, se bebe, se silba, se grita, se besa, se canta, se susurra, se suplica, se recita, se hacen pucheros, se ríe, se sopla... Hay bocas de metro, bocas de riego, bocas de incendios, deliciosos boca-tas, enormes boca-dos, vinos de buena boca, y divertidos momentos tumbados boca-arriba. O boca abajo. Y también, dichos, muchos dichos...

Aunque uno sepa que en boca cerrada no entran moscas, a la mayoría acaba perdiéndoles la boca. “Es un boca-chancla” –tienden a decir muchos. Y es que, igual que a nadie amarga un dulce, a nadie amarga el estar en boca de todos. Conseguirlo siempre ha sido fácil. Basta con que uno cuente y cuente o que se le llene la boca con historias llenas de morbo (aunque sea de boquilla), para que el boca a boca se ponga en marcha y, con él, una maquinaria que a veces implica meterse en la boca del lobo.
Igual que muchos niños tienen una etapa en que se llevan todo a la boca, muchos adultos tienen una fase en la que no les importa que sus vivencias viajen de boca en boca. Reconozco quedarme con la boca abierta escuchando las historias que circulan por ahí. Sin embargo, y por mucho que intente cerrar la boca, también entro en el juego y acabo poniendo en boca de alguien frases mal entendidas, y una cosa lleva a la otra... Y he de decirles (con la boca pequeña) que con frecuencia los chascarrillos vuelven a viajar reconvertidos en algo distinto. Y así debe ser, porque no se hizo la miel para la boca del asno ni el chascarrillo para quien no sabe disfrutarlo y, si lo merece, dejar que siga viajando de boca a oreja.
No se me adelanten y me quiten de la boca otros dichos que anulan mis argumentos, como el que reza eso de que “por la boca muere el pez” (bien distinto lo entendió Fito Cabrales cuando decía que no moría, sino que vivía). Les taparé la boca si me contradicen y no dejan que me excuse porque esto, al fin y al cabo, es sólo un decir por decir, y porque nada de esto debe importarles si ustedes son de esos que tienen que preocuparse más por las bocas que han de alimentar que por las que han de tapar. Que esperono sea la mía.